Con el gerundio atado al verbo estar. Así, en presente continuo los días se suceden iguales y distintos. Deseo, añoranza, miedo, esperanza, decepción….¿Esto terminará alguna vez? Hacemos lo que habíamos postergado, innovamos, probamos. Y aunque haya momentos inéditos, parecen mezclarse con lo de siempre en un mix extraño. Rutina, clases, redes, limpieza. ¿Cuándo empezamos esta tarea? ¿Cómo seguimos ahora? Mates solitarios en loop. Mirar hacia afuera, mirar hacia adentro. Desear todo y no encontrar nada. Estar pendientes de la batería del celular que nos conecta y desconecta del mundo. Buscamos explicaciones, tenemos miles de preguntas mientras las certezas se escapan. ¿Qué es esto que vivimos? ¿Cómo sigue? ¿Sigue? Es abril y lo que hicimos en febrero parece ocurrido hace un siglo. Y no nos atrevemos a pensar en el futuro. Porque ignoramos su proximidad o lejanía. Y no sabemos si se parecerá o no a lo ya vivido. Sin redes de contención definida, saltamos al vacío cada día. A veces, incluso, sin aferrarnos a lo conocido ni especular sobre lo que viene. En estos raros nuevos tiempos, no hacemos otra cosa que estar así, en presente continuo.
Hoy tampoco fuimos a la feria. Hoy tampoco fuimos a ninguna parte. Hoy hubiera querido ir a ese lugar de las despedidas. Extraño el sonido de las campanas de la iglesia. Los ruidos de la ciudad se han silenciado. Si es que viviendo en el centro de esta urbe me parece volver a los ecos del campo de mi infancia. Cuando cae la tarde y los perros ladran y se escuchan como un coro en la lejanía. Y a la mañana te despierta el canto de los pájaros; si hasta se puede escuchar al viento cuando pasa más apurado, entre las hojas de los árboles de la calle. Es tan raro.
Hoy me siento triste. Hoy murió un amigo en la soledad del campo. Nadie debería morir solo. Hoy me siento presa. Elijo pensar que este amigo murió entre aquellos sonidos; de perros, de cardenales y benteveos; del “chiflete” del viento entre las hojas del otoño.
Libertad en educación. Se terminaron las flores rojas eliminando violencia encubierta. El muro se destruyó en sabiduría desnuda. Pezones al viento. Pezones con ideología. Comprendiendo años de sumisión. Estableciendo suavidad en el discurso y fragilidad en los abrazos. Juntamos golpes transformándolos en semilla, para las mujeres a venir, observen días soleados. No más poesía para que la cama disfrute. Más pañuelos verdes en la decoración estructural.
Juan Augusto Cremona escribe,Villa Ocampo, Santa Fe
Observo a mi alrededor, lo que ahora es nuestro hogar, mis hijos juegan entre sembrados de hortalizas, verduras y plantas de naranjos. Las arboledas mecen sus ramas con el viento y el canto armónico de los pájaros dan muestra de la vida en este lugar. La calidez que nos llega de este nuevo sol, el de la galaxia de Andrómeda, es la luz más placentera que he percibido en mi vida. Los rayos solares no producen quemaduras en la piel, todo lo contrario, es una sensación nueva, es diferente al sol que conocíamos en la Tierra, cada día que aparece es una bendición para todos, nos recarga, nos fortalece y nos llena de felicidad. Los seres vivos aquí recibimos con gratitud esta energía que nos da vida. El tiempo en el que podemos disfrutarlo es corto, unas seis horas, luego desaparece para dar paso a una noche larga y fría, la temperatura llega a los -50 C. Nuestros hogares junto a todo lo demás es protegido por una gran cápsula de cristal, la misma se eleva minutos antes que el sol entre en su faceta de atardecer. La transparencia del cristal nos permite seguir trabajando la tierra y cultivando, mientras las dos lunas centauros nos iluminan y custodian desde el firmamento. Aquí la vida es más sencilla, somos uno con la naturaleza y ella nos brinda todo lo que necesitamos. Vivimos en comunidad, valoramos nuestra especie y las que nos acompañan. Nuestro trabajo más arduo es con nosotros mismos, seguir reconociéndonos como seres espirituales viviendo en un cuerpo físico. Después de lo que hemos vivido como humanos, aprendimos la lección. El día que el virus apareció en nuestras vidas… supe que algo iba a cambiar, pero para siempre. Nos obligaban a estar en nuestras casas, muchos entramos en pánico, no supimos ver lo que este proceso nos traía. Nos diferenciamos en dos grupos bien marcados, aquellos en los que el miedo a perder lo material que habían conseguido los perturbaba en sobremanera y los que aprovechamos este tiempo para disfrutar con nuestros seres más amados. El caos interior en cada uno comenzó a reflejarse en el exterior, el mundo se fue transformando en un lugar poco seguro. En mi familia optamos por producir nuestra comida y sustento, hasta que todo pasara, o por lo menos así lo creímos. Nos centramos en nuestro hogar, nos reencontramos como familia, brindamos amor a nuestros hijos, sin apuros y tiempos entrecortados. Podíamos desayunar, almorzar y cenar siempre juntos, realizamos infinidad de actividades…algo que pocas veces hicimos…por falta de tiempo. Comenzamos a desarrollar y construir una relación de familia basada en el respeto y la comunicación, demostrando nuestros sentimientos más profundos. Valorando lo que con amor habíamos logrado desde un comienzo. Pero no fue así en todos los hogares, no todos vieron este tiempo como una oportunidad de encuentro, todo lo contrario. El virus se llevó a muchos de nosotros, pero lo más mortal…fue la humanidad misma. En el afuera se podían escuchar miles de cosas, comenzaron los saqueos y asesinatos, el ser humano en desesperación puede producir mucho daño a sus pares, más que cualquier otra cosa. Eso es lo que nos diferencia del resto de las especies, no sólo la racionalidad, si no lo autodestructivos que siempre fuimos. Y ahí, en ese preciso momento de crisis mundial, fue cuando mostramos nuestra verdadera naturaleza; algunos tomaron y usurparon todo a su paso, otros, decidimos cobijar a nuestros pares, compartiendo lo que teníamos, con la única certeza que unidos podíamos salir de este caos. Y un día…entendimos que algo estaba sucediendo…fue el último día para algunos y el gran día para otros. Despertamos con una luz muy brillante que apareció desde el este, era lo más parecido a un sol, pero no lo era…su color naranja y energía absorbente hizo que no pudiéramos dejar de observarla. En ese instante comprendí que había llegado el final, pero lejos de tener miedo a la muerte, sentí una paz como nunca antes, giré para ver a mi familia y amigos…por última vez …y para mi sorpresa todos tenían esa extraña tranquilidad. Tomados de las manos, nos abrazamos y permanecimos unidos, aceptando lo que estaba sucediendo, sin saber con exactitud lo que era, pero con la seguridad que todo estaría bien, sea cual fuere el resultado. La Tierra sufrió el gran cataclismo… un nuevo meteorito extinguió toda la vida que había en ella. Recuerdo que desperté en una habitación blanca, luminosa; en forma desesperada me levanté buscando a mis hijos, había más personas igual de desorientadas haciendo lo mismo que yo, buscando a familiares y amigos, nadie sabía qué pasaba. Caminé por distintos pasillos hasta que al final pude ubicarlos a todos. Seguí recorriendo el lugar en busca de respuestas, paré en una habitación llena de controles y pantallas donde vi a varias personas vistiendo de forma extraña. Me acerqué a un hombre que tenía puesto un traje de color gris brillante, el mismo era alto y parecía ser algo así como un jefe. —Señor, disculpe ¿dónde estamos?- gira y al verlo pude notar una inusual claridad en su piel, además de una mirada muy profunda que tranquilizó por completo mi ser. —Viajando, a tu nuevo hogar-respondió con una sonrisa. Y así fue como comenzó esta aventura, nos explicaron que eran humanos pero más evolucionados, que vivían en otros planetas y podían recorrer galaxias junto a otros mundos, porque tenían la tecnología para hacerlo. Que la Tierra había albergado a esta humanidad el tiempo suficiente sin lograr la evolución deseada para toda la especie… habíamos llegado al final de un ciclo, donde el planeta necesitaba volver a empezar. Sólo algunos logramos ser trasladados del planeta, había humanos, animales y plantas, todos fuimos reubicados. No entendía que sólo algunos estábamos ahí, mi desesperación fue en aumento cuando no encontré a muchas personas queridas. —No todos comprendieron que debían conectarse a través del amor, liberando lo que los amarraba a una realidad ficticia, apegos sin sentido. Hoy ustedes son elegidos, ¿ y qué es lo único que traen consigo? Su pregunta permaneció resonando en mí por largo tiempo, supe que habíamos sido educados para perder el tiempo en acumular riquezas, olvidando lo único que era importante…el dar y darse amor. Siempre pensé que como raza estábamos haciendo muchas cosas mal, nunca pude comprender el daño que nos producíamos entre nosotros mismos y a todo lo que nos rodeaba. Si pudiera volver el tiempo atrás…intentaría hacerles ver, que el comienzo de la pandemia es en realidad el momento más decisivo de la historia humana. Donde tendremos la oportunidad de evolucionar y desarrollar la capacidad de percibir la luz y vibración que hay en cada uno de nosotros. Entendiendo que avanzaremos a un salto biológico único y jamás visto. Donde el nuevo cerebro que digita y dirige nuestras vidas…es el corazón. Si pudiera volver el tiempo atrás…
Milena Espinosa escribe en Humberto Primo, Santa Fe
Hay que construir la noche. Hay que deshojar ese alquitrán que perfuma las hogueras. Que convoca a los troncos quebrados, al abismo de las ramas, y a los corazones.
Porque existen, el hombre lo permite, corazones imaginando diástoles en un día inalcanzable. Latidos sin cabeza que gritan asechanzas en la intimidad de las copas y hacen del nombre una quimera unánime.
Existen corazones encargados de decir los delirios de la fe, el castigo indiscutible, la vergüenza acostumbrada a las mordazas. Corazones como las alas de una cruz, como el desmonte donde la luz no crece y la ley herrumbra un cáliz de condenas. Corazones que ostentan el día, pero el día no es más que un desnudo que ya ni les queda.
Para ellos hay que construir la noche. Hay que diseñar una guarida sin andamios para esos corazones que renunciaron a la altura. Un lugar donde no prospere el miedo aunque a cualquier hora los supere el andrajo. Una quietud hecha de otros corazones, amarillos de columpios y de dientes sin boca, en la que el hartazgo sentencie la oración del pulso; la forma apetecible del sosiego.
El piso nos quedó lejos el cielo inalcanzable. Navegan nubes indiferentes por un mar plomizo y desabrido
Solo circula el silencio, sin prisa, por las calles de un solo nombre: desolación.
Como amontonándose fantasmales, los adjetivos se juntan en familia.
El tiempo es lento, la ansiedad larga, formando una extraña fila detrás de lo incierto. La perra no se inmuta, pequeñas plantas se encaprichan en florecer pese al otoño. La vida no renuncia a ningún sueño acunado. Llegará el sol a su cita acordada con una invitación a renovar los ideales, caros, no negociables,celosamente guardados….
Sobre las mesitas del bar, cerca de las ventanas, flotaba disuelta una miseria de luz. Sin embargo, la poca que llegaba al mostrador, era suficiente para entrever vasos en la alineación de sus brillos azulinos. Más allá del hilo de agua colgado de un caño curvo, dormían la siesta de invierno platos y pocillos blancos. Azucareras facetadas con casquetes de metal, tan quietos como el ventilador de techo, eran testigos indiferentes en ese salón sin parroquianos. Nadie pudo saber entonces que el payaso famoso, el ídolo de los niños, aquel de mirada triste y canciones alegres, enfundado en su traje multicolor se alejaba con los zapatones en las manos. Alguien, más tarde, descubriría al dueño tendido en la penumbra.
Hace una semana el pibín flashó este dibujo. Su papá empezaba la cuarentena por venir de laburar arajue y llovía. Fue (es, el dibujo existe todavía) la primera vez que me dibujó. Me dijo «vas a tener medias rayadas y una remera verde. No estamos solos, está la lluvia». Yo detesto al agua que cae nublando (como si hiciera falta) los colores y los recuerdos de muerte y de nacimiento. Fue, de un tiempo a esta parte, la primera vez en que no lo hice-no quise-no pude hacerlo. Habrá sido efecto de los días que le quedaban al verano. O de los garabatos y las palabras justas de uno de casi cuatro.