Augurio

(De Gonzalo Vega. -La ambición lo es todo en verano-Edición Automágica-2020)

El otoño avanza montando el viento

[húmedo del este


poblando las veredas de hojas.


Trepo al techo y panza arriba


interpreto los diferentes tonos grises

[de las nubes.


Una densidad inestable


que amenaza con lluvia


el fin de la distracción.


Los gritos de los vecinos


se superponen hasta que no

[se reconocen.


Camino por las chapas


hacia el borde, la ansiedad balancea

[mis piernas.


Saboreo la calle la humedad


y el silencio


los perros las bolsas de consorcio.


A pesar de la estampa del barrio


creo que voy a quedarme


con las cosas que finalmente


son de importancia
,


una pared blanca que dice:


te arrepiento.

Gonzalo Vega escribe, Santo Tomé, Santa Fe

1 (SIETE – del libro Rizoma)

(De Zaida Kassab)

Rugen

a destiempo

las tripas que anuncian la ausencia.

El celo de Mila

olfatea la puerta.

He puesto diarios,

donde falta el vidrio.

Los han roto,

quieren pasar a través de ellos,

pero solo pasa el frío.

El frío y el celo.

Rugen las tripas

que anuncian la ausencia.

Zaida Kassab escribe en Tucumán

Licores

(De Aníbal Costilla)

vengo de dudar de lo que existe,
la carne que reconozco
tiembla en la oscuridad,
espera el mordisco del sol.

vengo del pánico interno de lo que se fuga,
la esperanza con sus ojos precarios,
la semilla con su latido prisionero,
el recuerdo atado en un hito del pasado,
el amor con sus agónicas crías.

vengo del dolor expulsado por la muerte,
vi cómo estallaba
la esperanza
como una flor masacrada por el fuego.

vengo de lo que aún no fui,
a construir los cimientos,
aprendo los nombres de mi devenir.

vengo de la niebla,
he atravesado la noche
con una máscara
y la espada de mi voz,
me empuja el silencio hacia adentro,
me embriagan los licores de dios,

y su sombra.

Aníbal Costilla escribe, Santiago del Estero

Liquen

(De Fernando Bogado)

Mi madre me dijo hoy
que la angustia
le abrazó el riñón por sorpresa
y entiende
que eso es símbolo de algo.

Pero, por teléfono
no sabe explicarme
si tiene que interpretar
la visita de esa, su angustia,
como una clave
que encierra el nombre
de poetas muertos en la guerra
o de mi hermano
sin comida
ni tazas en su casa,
escuchando cumbia
mientras
se baña
y el agua
cae
por su pecho
quebrado
de otra angustia,
la suya,
que me abraza a mí ahora
en el desayuno.

“Mamá, no tengo
ganas
ni fuerzas
para hacerle
frente al día”. “Mamá
soy presa
de
mis saltos
y atropellos
y mis cigarrillos
y mis fotos
y mi música de dientes
y mi liquen, mamá”.

“Hoy hay viento”, dice mi madre, “y calor y costa”.

“Nuestro liquen”, le agrego a mi hermano cuando se despide, casi desnudo. “Nuestro liquen nos va a sobrevivir”.

Seremos uno, liquen que me abraza el hígado, el páncreas, el pulmón que mi padre perdió.

“Pulmón”, dice el símbolo de mi madre, “liquen”, “espacio”, “viento de costa”, “seremos”.

Fernando Bogado escribe, en Buenos Aires

De “Saudade La Añera”

( de Vicky Paganini)

“Aquí aprendió una vida,
a ser paz en la tierra,
los ojos en el cielo,
del corazón de greda.”

Extraño el cielo rodeado de campo
el sin fin de oscuridad brillante
estrellándome la cara
lo miserable y sola que una es
ante el majestuoso rostro de la noche
el frío y el silencioso ruido nocturno
la reposera en medio de la nada y
el choco lamiéndome la mano.
Extraño el poncho
que el viejo me traía
la compañía cómplice
el rumor de un viento de pinos
el aire que al salir de mi boca
se congela y hace humos
la sequedad y la jarilla
perfumando los sueños.
La luna llena alumbrando al oeste.
La nieve de un abrazo de cumbres.

“Si aunque haya muerto el labriego

la tierra ya está sembrada.”

Vicky Paganini escribe desde Mendoza

El ladrón de Sanseverias

A Fabri

(De Chen Druetto)

Arrastra el paraguas

bajo la llovizna

no le importa

mojarse las pestañas

ya estuvo antes

en ese lugar

Acaricia las veredas

con suelas desgastadas

se acomoda el cuello del saco

en el fondo sabe

que el invierno no es eterno

pero se permite dudar

Vio las espadas de bordes amarillos

se acercó sigiloso

las buscaba hacía tiempo

la tierra fue su piedra de Excalibur

arrancó la sanseveria de un solo tirón

sin testigos

el agua facilitó el crimen

se coronó rey

En un rincón verde

de calle Urquiza

enterró su botín

Y miró fijamente las hojas

Afuera sigue lloviendo

Y la ciudad se congela

cruzando la puerta

y el pasillo embarrado

todo brota

todo crece

todo sigue.

Valentina (Chen) Druetto escribe, Santa Fe – Sunchales

Del aire que nos falta

(De Ludovico Cortés Romero)

Ya estoy imaginando de volver a ganar el mismo aire
de no tener miedo al recoger del suelo algunas mariposas
por si aparecen motivos de esconder sentimientos en una grieta
arde la ciudad y sin embargo te prometo un invierno contigo
contradicción de algunas azoteas en dejarnos marchar
cómo salgo del bucle ahora sin tener las dudas entre las manos.
Quizás la tormenta se haga presente cuando digas que nos recuerdas
sería entonces un día de lluvia que acelera las pulsaciones
haciendo equilibrio después de soltarnos en una guerra fría
en un acto reflejo por retener algo que ya se ha caído.
Es verdad que llegué a buscar lo que nos falta en la distancia
para ver si en la almohada permanecen promesas mal redactadas
siempre hay más de lo que no ves al estar entre la espada y ninguna pared.

Ludovico Cortés Romero escribe, en Misiones

El patio

(De Yamila Hoffmann)

Nuestras bocas siempre tenían sabor a cítrico, con mi hermana comíamos mandarinas en el patio de la casa
mi padre nos había preparado una caña con un gancho en el extremo
la colocábamos en las ramas y las balanceábamos
hasta que las frutas caían directo a nuestras manos.
Mi infancia se gestó en patios grandes
delimitados por tejidos de alambres y cañas de azúcar.
Poco respetábamos el horario de la siesta más en vacaciones.
Muchas veces nos sofocaba el calor de Enero,
prendíamos el bombeador, bajo el chorro de agua nuestros cuerpos se enfriaban,
era como un bautismo una especie de renacimiento diario.
Solía ir en bicicleta a un campo de Eucaliptus
no muy lejos de mi casa,
pocos se animaban a ir a ese lugar.
El cielo no era celeste sino verde-grisáceo
los rayos del sol entraban por las angostas ramas
eclipsaban mis ojos llenándolos de energía,
yo inhalaba profundamente y ventilaba mis pulmones.
Cuando termina la tarde volvía a mi casa
en la mesa la comida ya estaba servida,
mi padre sentado en la cabecera no preguntaba nada
pero sabía por dónde había andado,
sentía en mí el aroma a mandarinas y eucaliptos.

Yamila Hoffmann escribe, en Santa fe

Te esperé en la fuente

( de Susana Ibáñez )

El ómnibus trepa la avenida para entrar a Paraná y el río se abre a la derecha. Cuando se detiene en un semáforo veo, en la pared interna de un refugio en una parada de colectivos, un grafiti de tamaño desesperado: Maite, te esperé en la fuente. Debajo, en letra más pequeña, llamame, y un número de celular.
El mensaje me persigue. Lo veo cada semana, y ya no sé si me ubico a la derecha para ver el río o para leerlo. Puede que sea prejuicio, pero imagino que alguien que lleva consigo un aerosol es un chico joven. Pienso también que han de conocerse poco, porque si el mensaje queda en un refugio es porque él no sabe dónde vive ella. Se vieron por primera vez en el colectivo, entonces, en ese refugio. Compartieron algunos viajes. La regularidad de los encuentros hizo innecesario el intercambio de números de teléfono: pensaban que ella iba a estar ahí, que él iba a estar siempre ahí.
Quedaron en verse más allá del viaje, en una fuente, acaso la más cercana a esa parada y en un fin de semana. Pero ella no fue. ¿Cuánto la esperó? Él caminó hasta el refugio, porque ella pudo haberse confundido, pudo haber pensado que se verían allí, pero ella no estaba. Nunca llegó. ¿Llovía? Él supuso que la iba a encontrar en unos días en la parada, como siempre, pero ella nunca más tomó ese colectivo a esa hora. El grafiti fue el mensaje más directo, entonces: si pasaba por ahí, si alguna vez volvía a tomar un colectivo, si le quedaba un resto de interés en el compañero ocasional de asiento, entonces lo llamaría.
Vivió esa espera como quien se asoma a un abismo, pero de a poco el ahogo se fue disolviendo junto con la esperanza y el miedo a que nunca más nadie llegue a su vida. Unos meses después apareció otra chica y el celular siguió ahí, expuesto, impúdico, para cualquiera que quiera hacer llamadas de broma. El número dice mucho: que él no se resigna, que no le importa lo que digan, que la espera. Pero ella cambió su rutina a propósito. Pasa en otro horario por ese lugar, en un colectivo de otra línea, ve el mensaje y aparta la vista. Ruega no volver a encontrarlo. ¿Cómo le explicaría el plantón, el desprecio súbito?
Puede que haga años que el grafiti revela su número en el refugio. ¿Cada cuánto se pintan los refugios en Paraná? Él tendría que haberla olvidado ya. A lo mejor ella se mudó a otra ciudad junto a otro río y otras fuentes. Él nunca usó el fondo de su aerosol para tachar el mensaje. Lo dejó en la mochila que ocultó en el fondo del placard. Lo lee a veces, cuando pasa en la moto -que se compró hace poco- o cuando toma un helado con su flamante novia en las mesas pringosas de la vereda de enfrente. Su chica no sabe de Maite y él no piensa contarle.
Él a veces se pregunta si no será mejor tachar ese número, porque su novia algún día puede darse cuenta de que ese es su celular, pero no lo hace. Lo echa a la suerte: si ella se enoja y lo deja, habrá sido por algo mucho más grande que lo que tiene hoy con ella, por una conversación interrumpida antes del primer beso, la única relación perfecta que tendrá en su vida.
También puede que Maite haya estado en cama por unos días y que se hayan encontrado al poco tiempo para reírse juntos del desencuentro y del mal rato que sin querer ella le hizo pasar. Se habrán abrazado. Todo habrá estado bien por un tiempo. Pero no, no creo que haya pasado así. Por alguna razón siento más cercano al mundo de las posibilidades que él lleve a su novia a esa heladería, que después se suban a la moto -se ríen, se besan-, y que al pasar frente al refugio él siempre piense que con Maite todo, todo habría sido mejor.

Susana Ibañez escribe, en Santa Fe