un lugar en el mundo

Escribe, no hagas nada más (R. Queneau)

Si hay algo que sabemos es que lxs escritorxs escriben; escriben no como cualquier persona, escriben más allá de una tarea escolar, de una carta de presentación, de un informe laboral, escriben otras cosas, escriben esto y otras cosas.
Esta suma de escritos es su historia, esa cadena de signos entrelazados que a veces dicen algo que es solo para quien los escribe, es la huella, marcas de caminantes.
“Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. (…)
Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el estanque. La escritura de la mosca podría llenar una página entera. Entonces sería una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un día, quizás, a lo largo de los siglos venideros, se leería esa escritura, también sería descifrada, traducida. Y la inmensidad de un poema legible se desplegaría en el cielo.” (Escribir, Marguerite Duras, Tusquets editores, Barcelona, 2000)

A esta altura ya sabemos que quien escribe no lo hace para colgarse un rótulo, sino porque es parte de su latir, es como respirar.
Ahora, ¿qué tan necesario se le hace a quien escribe, publicar? Dónde publicar. Por qué publicar. Y podemos nadar en un mar de profundas reflexiones sobre estas preguntas que no tienen una respuesta, para Abelardo Castillo la publicación no hace, a quien escribe, escritor, escritora.
En este marco, la comunidad que integra y fusiona autorxs y editorxs de Editorial De l’aire con el grupo literario PalabravaS, decide poner un cuerpo para la escritura.
Una pared para escribir. Para quienes tienen ganas de escribir. Sin expectativas.

“Este placer debe de ser antiguo: se han encontrado, en las paredes de ciertas cavernas prehistóricas, series de incisiones regularmente espaciadas. ¿Era ya eso escritura? De ningún modo. Sin duda, esos trazos no querían decir nada; pero su ritmo mismo denota una actividad consciente, probablemente mágica o, más ampliamente, simbólica: la huella, denominada, organizada, sublimada (no importa) de una pulsión. El deseo humano de hender (con el punzón, el cálamo, el estilete, la pluma) o de acariciar (con el pincel, el fieltro) ha atravesado sin duda muchos avatares que han ocultado el origen propiamente corporal de la escritura; pero basta con que, de vez en cuando, un pintor (como hoy en día Masson o Twombly) incorpore formas gráficas a su obra, para que seamos conducidos a esta evidencia: escribir no es solamente una actividad técnica, sino también una práctica corporal de goce.” (Roland Barthes, Variaciones sobre la escritura, Bs As, Paidós, 2003)

Bienvenidxs

Chela Prieto Rey