De hormigas cuando

Reseña

Una hormiga cuando
Poesía
Autora: Laura Kiener
Editorial De l’aire (2019)

Cuando una hormiga ha abandonado el hormiguero y pasa delante de mí, yo recuerdo a Dalí, a los surrealistas, recuerdo al último de los Buendía pero también recuerdo a la niña mascando restos de tul mirando cómo las hormigas oscurecían el lado izquierdo de la almohada en la Casa del ahorcado de Horacio Castillo. Recuerdo el cuento de Denevi y la alegoría de la caverna de Platón. Mis respetos a la hormiga.
Cuando éramos chicos mi hermano incendió medio patio y su pierna por intentar algo contra ellas.
En cualquier caso, una hormiga que ha abandonado el hormiguero, y anda por ahí, es algo que puede resultar inquietante:
«… hay que correr / esquivar los pedazos de pavimento tragados por la tierra / las parejas cruzando del brazo/ hay que correr/ para llegar al otro lado…»
¿Puede alguien sentir la amenaza de una hormiga al frente? «Una hormiga miniespía» que no transa, no se convierte más que en su propio cuerpo, porque decide esa fidelidad. No otra: «yo seré minúscula / pero no me convierto / ni en las paredes de mi casa / ni en la ternura que exigís.»
Vuelvo a los surrealistas: en la obra de Dalí aparecen casi escandalosamente, la presencia de las hormigas, en muchos de sus cuadros, produce una sensación de desasosiego y yo me pregunto, si Laura kiener se ha atrevido a pretender transmitirnos esta inquietud, este extraño vacío, esta incomodidad que sentimos cada vez que pisamos la palabra “cuando”, como si fuera el umbral del «agujero con foquito al final… porque siempre alguien oh suela superior puede acabarnos y así la vida.»
O si en realidad, la incomodidad de esta hormiga entre la gente de bien, son sus decisiones: «…no me convierto…» «soy… la que te hace dudar…» la que se queda con los colores, la que se define: «soy una hormiga porque estoy / escucho y veo / la hojita en la espalda es una casa rodante.»
Por otro lado, no podemos dejar de sentirnos invadidos y avasallados por una hormiga miniespía que nos ha descubierto: «después de la ventana y el televisor quiero que veas a los que están solos.»
Que ha estado observando: «ese verde lleno de animales / haciendo caca…»
“Nos” ha estado observando: «y yo me pregunto / una duda ínfima y casi idiota / quién le besa los pies a esta madre / que con los hijos colgando / junta las sobras nuestras / quién le besa las zapatillas embarradas / los cordones rotos / quién se hace cargo de todas esas personas / que ni siquiera saben qué significa / ser tocados por la magia / de algún dios en alpargatas / que les convide por lo menos un mate.»
“Una hormiga cuando” es el primer libro de Laura Kiener, una joven Laura Kiener que nos muestra que no parece tratarse de un primer libro, y que nos acerca cara a cara con una sociedad que ya no puede esconder su decrepitud.
Una fuerte crítica, su paso de hormiga moviéndonos el piso.
Enhorabuena.

Escribe: Chela Prieto

Algunos poemas de Una hormiga Cuando

I
P levanta los brazos y abre la boca
la sombra de la nena se agranda
pegada a la pared
P se come todo
lo que hay sobre la mesa que la nena construyó
con sus propias llagas
P escupe el silencio
casi en rugido se ríe
la nena
esconde la cara.

IV
Después de rezarle a mis santos
y saludar a mis muertos
me pregunto grito destrozo
quién nos cuida acá
si vivimos con los ojos para arriba
o revolviendo la tierra seca
no podemos mantener unos segundos
soportar la vida del otro
del que nos toca cuando pasa al lado
el que aspira oxígeno todavía
por el que nadie reza
ni prende velas.

Laura Kiener, poeta santafesina

Pescado podrido

de Claudia Bosio


En el principio, jazmines en la cama.
Con espanto lo observo.
Los filos de la boca desfigurada.
Espuma en las comisuras.
Mar que arrastra la mugre del desamor que me declara.
Metamorfosis de fuego, dolor y sueños quebrados.
Los dos.
Náufragos de mañana.

Claudia Bosio. Escritora santafesina.

Autorxs: Sandra Gudiño

Ella entra por el pasillo, entrada obligatoria de nuestro espacio de taller, y toda su feminidad se expande, toda la feminidad se vuelve natural como el aire. Camina sobre tacos divinos y habla, cuenta, se ríe, se le marcan los hoyuelos. Entonces se entiende cuando dice que es poesía, que ella es poesía.
Hoy hablamos de sus libros nuevos, los que tiene en la cocina: mujeres y ella. “Núcleo”, piensa, es un libro actual pero que está cerrándose, circula, se vende, ya casi agotado decide que ya está, no quiere reeditarlo, al menos por ahora. Y es lógico, lo que se viene es una bomba. Le pregunto por “el de las mujeres”, así llama a este conjunto de poemas que todavía no tiene nombre, me dice: “estoy en eso”, está ahí escribiéndose, pensándose… un recreo, un paseo por la historia de la mano de princesas, sacerdotisas, asesinas y amantes peligrosas, sufrientes, enamoradas; en eso está. La puedo imaginar, sacándose una corona de oro y poniéndose una de espinas, porque ella no puede escribir si no siente en carne viva lo que escribe.
Lo que se viene, ¿qué es? ¿Antes? ¿Antes de “las mujeres”?
No sé -dice. (Tiene un libro bajo taller con la poeta Laura Yasan que es bellísimo, ya casi listo, con una voz poética equilibrada y un uso de recursos inteligente, bien administrados, economía precisa de los elementos poéticos; sshh)
Qué sentís en el cuerpo cuando escribís -le pregunto- siempre me interesó eso, qué siente cada escritor, escritora en el cuerpo cuando escribe. Tu escritura es muy visceral. Entonces, ¿qué sentís cuando escribís?
Una gran satisfacción -dice-, plena, enorme, cuando encuentro lo que busco, la palabra o la imagen que busco. La que es. A veces dejo de escribir, voy al patio, riego las plantas, ordeno, hago cosas en la cocina, y de pronto aparece y corro a escribir.

¿Qué te gusta hacer en la casa?
Cocinar.
Puedo imaginarla entonces, bate huevos y de pronto se limpia las manos y corre a escribir un verso que es cuchillo que te cruza la cara, y en la suya satisfacción.
Así es Sandra Gudiño. Poeta santafesina.
Gracias.

Sandra Gudiño. Poeta santafesina.

Escribe: Chela Prieto Rey

Rayuela

(de Natalia Oroño)

Parte del paisaje del barrio
eran las veredas manchadas
tizas de distintos colores
definían los casilleros
la rayuela nos convocaba
a las 5, todas las tardes
para llegar al cielo
no solo había que saber saltar,
elegir el cascote correcto,
aplicar la fuerza justa,
embocar con precisión,
eran cosas definitorias.
Repito, para llegar al cielo
más que saber saltar
había que aprender a tirar.

Natalia Oroño, poeta santafesina

Vértigo

Sé que las cosas no son como eran

veo transitar la comparsa de la vida
y soy parte

experimento el vértigo al mirar
cómo sin detenerse pasan
los segundos

camino
veo la bifurcación
cada vez que llego a un punto dudo

y sin embargo sigo
algo indica que
no estoy perdida.

Alicia Vincenzini (del libro En el péndulo)

Alicia Vincenzini. Poeta Santafesina.

Don Manucho

Todo arrancó una madrugada, al verte en ese sueño, gordito, sonriente, en la pieza. Siempre igual, la misma cama, la cómoda, el roperito con llave.
Me alegró verte. No sé por qué me sentí rara; temor, tristeza.Tu sonrisa me confundía, no sé por qué la desazón del momento.
Los viajes al monte, con el poderoso Mercedes 1114 azul, cargado de mercadería. La tierra roja, el barro seco. Los helechos que cuelgan formando una cortina de piolines verdes.
Manuel y Ramoncito se ríen de mi entusiasmo. Cuando se achica el camino y merma la velocidad, puedo colgarme de un isipó y soltarme sobre las bolsas de harina de cara al sol que apenas atraviesa la espesura. Todo se ve tan lindo. Los rayitos parecen pintados. Los olores se acentúan, se vuelven intensos. Los yuyos, la ortiga macho, todo se mezcla. No sé si es un zorrino o un aguará guazú. Veo que Manuel instintivamente abandona la comodidad de su colchón de mercadería y con una mirada firme y movimiento de cabeza indica a su hermano que se levante. La calma de transformó en alerta, las sombras de la mañana se movían veloces. Siento que me duele la mano. Con mis ojos grandes los miro desde el asombro, los dos muy altos, de espaldas anchas y gruesos brazos. No miden su fuerza cuando me protegen. Me lastiman.
Y ahora empieza la interminable arribada, sorteando los charcos. Mi corazón late fuerte, el motor del 1114 casi habla y todavía falta la mitad de la subida. Las nubes celestes, grises y de pronto naranja. Mezcla de emociones. Respirar. Disfrutar.

El dedo índice sobre los labios de Manuel son la señal que debo dejar de gritar y quedarme quieta.

Días grises, quisiera que estés, no estás.
Cementerio, cruz mayor. Defendeme. Tengo miedo, lloro. Respiro. Sigo.

El escalofrío me deja los pelos de punta. El fornido brazo de Manuel se afirma a las cuerdas del acoplado, que hacen las veces de sostén, como un corral móvil, contenedor de mercadería y humanos.
Su mano fuerte toma nuevamente la mía pequeña. La velocidad aumenta, el salpicón de agua embarrada decora de puntitos rojos nuestra ropa.
El viento aumenta los aromas intensos de la selva. Hay que acelerar a fondo si pretendemos llegar al tope sin forzar tanto el camioncito.
Ya no me divierto, el molesto frío en la espalda sigue. Los muchachos ya no sonríen. El estado de alerta acentúa sus lindos rasgos trigueños, tostados por el sol. Y muy a mano las carabinas y lo que se insinúa en la cintura que no logro ver.Parecen yaguaretés al acecho. Mi mente vuela. ¿Qué será? ¿Qué presienten?
Los lapachos florecidos corren a nuestro lado, no alcanzo a distinguir el paraisal.

Tengo miedo, ¿dónde estás? Me siento sola.
Te vi en un sueño. Te vi bien.
Si no hubieses muerto, ¡qué cosas haríamos hoy!
Es de día aún, la hora del yasi yatere!

El movimiento brusco del camión que colea de un lado a otro me regresa a la realidad.
Falta menos. Mis manos duelen y me enoja que no las suelten. Claro, ellos son grandes.
Estirando mis piernitas cortas y el cuello para bichear un poco, alcanzo a ver los acutíes que entran al yuyal.
Los ladridos nos avisan que llegamos a la villa. El bullicio de la gurisada corriendo al lado del mercedito. Llegaron las galletitas terrabussi surtidas y lo anillitos, las manón y las botellitas de vidrio de crusch y coca cola. Todo es emoción, de ellos y mía. Vos te reunís con mis primos, qué serios están los tres.

No te imagino en este tiempo, no te veo.
Con vos me quedo en aquel tiempo. En el que viviste. Con tu grandes defectos y hermosas virtudes.

Victoria corre a nuestro encuentro con una jarra grande de aluminio con agüita recién sacada del pozo.
Villalba y Benítez se acercan con grandes sonrisas, un arpa y dos guitarras. Y ahí entrás vos, acompañando la serenata, sentida polca, ¡qué feo cantan!! Pero cómo da gusto escucharte.
Mil historias y una. La tuya y la mía.

Me imagino desde la comodidad del vientre de mami, suspendida en el mar de paz, qué confortable se siente. Soy feliz. Estiro las piernas, miro mis diminutas manos, una suave caricia me llena de felicidad.
Disfrutando la resolana bajo el mango, mami saborea su fruta preferida y la mía, unas riquísimas frutillas que trajo Anita de la chacra de los gringos. Los sillones de hierro forjado, embellecidos por los almohadones bordados por mi abuela hermosa.
El tractorista que terminó de rastrear el lote espera tu llegada.
Casi las cinco de la tarde, las mujeres se inquietan, señal que estás cerca. Me asfixio. El corazón me aprieta. Qué rápido pasé a otro estado.
Transpirado, sucio, tus pocos pelos desparramados como remolino. Osco, odioso y sin paciencia.
Hablás un idioma que no entiendo, abuelo ¡acá estoy! ¿Me sonreís? Te esperé toda la tarde.

Cantando a viva voz ‒para no decir a los gritos‒ la marcha de San Lorenzo, salimos todos bien ordenaditos y habiendo tomado distancia, orgullosos y patriotas como todos los días, el segundo grado de la señorita Nelly, que es muy graciosa porque habla con eye… de Rosario es… su marido trabaja en el banco. Natacha su hija es mi compañera y amiga.
Hoy mami fue a buscar mercaderías para el negocio y me quedé en tu casa.
Saltando con una pierna y luego con la otra, no puedo distraerme con las chicharras del yerbal porque me vas a retar, y porque tengo hambre.
Moviendo los brazos de un lado a otro, combinando con el saltito de las piernas, en la mochilita hacen ruido los lápices en la cartuchera de madera; voy adivinando que van a comer los vecinos… chipa amasada con ticuei… bifecitos con huevo y reviro… guisito de arroz con mandió, ¿qué será que comeremos nosotros?
Todavía no cerraste el negocio, así que entro por ahí. Tus ojos encuentran los míos, siento tu gozo al verme. Me estás esperando para cerrar la caja. Dejo mi mochila y te ayudo a separar y contar los billetes. ¡Qué importante me siento!!!
Sentados y charlando del día, no terminamos de almorzar que sentimos que golpean las manos en el portón, salto de la silla y corro a ver quién es, antes de que la abuela y vos puedan decir palabra.
Eran don Sendoa, doña Tota, don Agüero y otros cuantos dones y doñas que yo no sabía el apellido, que van acercándose sonriendo amorosamente, entretenidos por mis ocurrencias.
Todos trajeron algo para compartir, la mesa se hizo grande.
El aire se sentía perfumado. Las flores de la naranja y del limón eran las culpables.
Sentía el disfrute y la tristeza. Las conversaciones eran muy entretenidas y se reían mucho y fuerte.
Trataba de entender lo que hablaban, porque me parecía muy interesante, pero solo entendía algunas palabras. Añoranza. Paraguay. Asesino. Exilio. Stroessner. Liberar. Revolución.
Y otra vez una sentida polca, cantada con las tripas, se repetía mucho una fecha: 18 de octubre.
Mis primos se suman. Hay ansiedad pero, distinta; se preparan para salir.
Con asombro y grandes ojos, sigo observando, algunas lágrimas se te escapan. Me hacés llorar. No es tristeza, es júbilo.
Y ahí te vas en el falcon, con los de siempre, se suma mi papi. La recomendación: cuidate, vení pronto, la Virgencita te acompañe. Muchos saludos.
Todos en la vereda, al lado de Sendoa, a la sombra de los pinos de Zimman, despidiéndote en tu viaje de regreso a tu amor primero, al lugar que te hizo callos el alma, que duele de felicidad y de tristeza, ahí te vas, a tu querida tierra. Un ratito. Ahí enfrente nomás, hoy no la vas a mirar de lejos, hoy la ves y la pisás. Y respirás su aroma.

¿Dónde estás? No estás, te fuiste, cruz mayor, cementerio.

Patricia Mendieta

Patricia Mendieta es de Puerto Esperanza, Misiones

El Lector

Por Claudia Rosciani

Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.

-Pablo Neruda- (1924) (1)

Escribir este texto ha significado un nuevo pasaje en la complejidad del hilo que teje alguna red en la transmisión:
… hilo que ha destacado la mirada, en la convocatoria a compartir la proyección de la película…
… hilo que entre la voz y el oído ha permitido cruces, en el momento del comentario…
…hilo que ahora se anuda y, desde aquí, vuelve a extenderse en el acto de escritura y sus efectos. Efectos entre los cuales podemos situar las condiciones de posibilidad de que exista «el lector».
«Un lector» es entonces quien toma ese lugar para hacerlo consistir, produciendo (y produciéndo-se en) el acto de lectura del texto. Pero, a su vez, este significante, «El lector», retorna en el nombre mismo de la película y del libro que le da origen, subrayando una multiplicidad que produce aperturas cuyo valor es, precisamente, el de no abrochar ninguna significación única ni definitiva a este significante que recorre el libro, la película, los comentarios, los escritos que se han producido.
Cuando usamos cotidianamente la palabra “lector”, es común que la asociemos a una actividad solitaria. Solitaria, y silenciosa. Pero este lector, el de la película, lee en voz alta, lee para otro. Lee junto a otro. Leyendo, transmite. Este lector que «lee para otro, a quien le tiene afecto», en el acto de leer está transmitiendo. Propongo situar en esta particularidad una clave para pensar en el libro y en la película como «dispositivos de transmisión». Es decir, Schlink arma un dispositivo escribiendo el libro; Stephen Daldry arma un dispositivo al hacer la película. Dispositivos como lo plantea Deleuze, máquinas para hacer ver y para hacer hablar.
Se trata de «disponer», no de cualquier modo, ciertos elementos haciendo posible que sean enunciadas y visibilizadas algunas cuestiones que de otro modo permanecerían invisibles o silenciadas.

¿qué hay tan temible en la palabra
para que, tan a menudo, el hombre elija tomarla
más para charlar que para hacerla hablar?
(2)

Hacer hablar la palabra, “decir”, lleva tiempo. Escribir, publicar, testimoniar. En la película vemos cuántos años pasan hasta que el muchacho cuenta lo que vivió, cuántos años transcurren hasta que la sobreviviente de los campos testimonia en el juicio… Esto, ¿es casualidad? No. Hace falta, para poder decir, tomando la palabra para hacerla hablar aunque esta sea tan temible, que haya otro que merezca esa palabra. Lo vemos: el hombre puede contar por primera vez lo que vivió, cuando se encuentra ante “otra” sobreviviente. Luego, a su hija. La sobreviviente, ante el juez.
Jorge Semprún, víctima de un campo de concentración nazi, dice (escribe): “El trayecto, el recorrido de la escritura posiblemente sea diferente para cada cual. Algunos se refieren a su experiencia y sienten una ostensible necesidad de dejar un testimonio. Otros necesitan mucho más tiempo para poder hacerlo. Pero tanto para unos como para otros, hay un tiempo que no depende ni de la naturaleza del dolor ni de la voluntad de cada uno, sino de algo mucho más objetivo. Es el tiempo de la posibilidad de ser escuchado. Los que escribieron de inmediato no fueron escuchados. Sólo lo fueron 15 o 20 años después, coetáneamente al momento en que aquellos que no habían podido escribir antes, comenzaron a hacerlo.” (3)
Desde las primeras escenas vemos cómo este hombre aparece atravesado por el silencio. Lo vemos recordar, callado. Hay un correlato en la película entre la experiencia que ha vivido este muchacho en su pubertad, y la que ha vivido la sobreviviente del campo de concentración. Los dos aparecen en el lugar de la víctima. Por supuesto que ambas vivencias traumáticas no son equiparables, que hay un punto de irreductibilidad entre una y otra, pero la ficción permite este juego, desliza esta posibilidad permitiéndonos visualizar, leer, en estos agujeros, la asunción de un sujeto que aparece como sujeto del inconciente, y no sólo como sujeto del derecho. Este es un punto de la trama que recorre también la película, y que interesa al psicoanálisis en tanto que éste se propone como discurso que comporta una ética a partir del reconocimiento del inconciente. Asumir la responsabilidad de los propios actos y sus efectos, puede ser pensado de diverso modo según se refiera a un sujeto del derecho o a un sujeto del inconciente.
El derecho supone un sujeto no escindido; en el juicio se espera que se diga “toda la verdad y nada mas que la verdad”. El psicoanálisis dice que «no toda» la verdad puede decirse. El profesor en la película plantea a sus alumnos que “no se trata de si algo está bien o mal, sino de si es legal”. La legalidad jurídica produce un ordenamiento. Pero el equívoco acontece: Hanna siente vergüenza de decir que no sabe leer. El contraste es inevitable, explícito: no muestra vergüenza por haber dejado morir a las prisioneras, ya que ello se encuadra en una lógica particular: “cumplía con su deber”. Podemos rastrear esta posición en la tesis que Hanna Arendt propone en su libro “Los orígenes del totalitarismo”; la tesis de la banalidad del mal. Cumplir con la tarea asignada como fin suficiente de justificación de un accionar. La película lo expone hasta el extremo con las argumentaciones de Hanna ante el tribunal.
Si se trata del sujeto del derecho, se trata del deber ser. El profesor le dice al muchacho: “debes decirle al juez aquello que sabes”. Pero él decide no decir, guarda silencio. El, que aparece como a quien le han arrebatado todo, es lo primero que guarda para sí. Guarda silencio. ¿Qué deslizamiento podría trazarse entre lo silencioso y lo silenciado? Para este muchacho que, como efecto del encuentro con Hanna en su pubertad, ha quedado silenciado, parece inaugurarse un vacío con fronteras, que lo posicionará como un hombre silencioso: algo puede guardarse, para que algo pueda, a su tiempo y no ante cualquiera, ser dicho. El muchacho decide, entonces, guardar silencio; que Hanna se haga responsable de sus actos: callar es un acto.
He aquí la exposición de la inconsistencia que comporta la pretensión de verdad del derecho. Nadie va preso por no saber leer, pero sí por dejar morir prisioneros, por ejemplo. En el juicio hay un punto ciego o inaudible en el que Hanna es puesta en situación de tomar la palabra; calla, y asume las consecuencias de ello.
La sentencia es accidental, el juicio es equívoco, no sólo por esta situación, sino porque, como lo sitúa uno de los estudiantes de derecho en la clase, se enjuicia a algunos por algo de lo que la sociedad toda ha sido responsable. Pero es importante decir, aquí: no en la misma medida. No del mismo modo. Pueden haber actos reparatorios diversos, individuales y colectivos. Pero los juicios son, en este punto, la reivindicación de la devolución de sus derechos, por parte del Estado, a las víctimas a quienes el mismo Estado ha privado de sus derechos. Y esto adquiere relevancia y vigencia de un modo privilegiado en este tiempo y en este lugar, nuestro país, ya que en relación a la película, hay otro correlato posible. Los juicios por los crímenes de lesa humanidad ocurridos durante la última dictadura militar, son hoy un acontecimiento, y también ha llevado mucho tiempo, más de 30 años, que se produzcan. En ellos, las víctimas testimonian, inscriben en la historia sus decires, toman la palabra para hacerla hablar. El tribunal sigue estando ordenado según el sujeto del derecho: se esperan documentos, testimonios veraces, recuerdos certeros. Es importante “lo” que se dice. Pero en el hecho mismo de ser juicios orales y públicos, hay también una instancia donde se aloja a “quien” dice, inaugurando esta diferencia entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación propuesta por Lacan, que nos permite ubicarnos. Ubicarnos para reconocer a quien dice, desde dónde dice, y los efectos de su decir. Los juicios, entonces, también pueden pensarse como dispositivos, como máquinas para hacer ver y hacer hablar, lo que no debe permanecer, colectivamente, invisible ni silenciado.
…Y en la complejidad situada al inicio del texto, asumiendo el intento de tejer actos de transmisión, porque interesa al psicoanálisis tomar la palabra para hacerla hablar, este texto se anuda dejando siempre la punta del hilo suelta. Es un tejido que viene siendo, ineludiblemente, y por fortuna, con otros. Queda abierto entonces como invitación a hacer más extensa la actividad que al encontrarse con estas líneas pueda asumir «el lector».

(1) Neruda,P. 20 poemas de amor y una canción desesperada. – Bs As, Losada, 1972.

(2) Didier-Weill, A. (1955) Los tres tiempos de la ley, Rosario, Homo Sapiens, 1997.

(3) Semprún, J. – Por qué recordar? Academia Universal de las culturas, Ed. Granica, pág. 207 y 208.

Nota: Este texto fue escrito por la autora, en referencia a la película El Lector, basada en la novela homónima de Bernhard Schlink, y publicado originalmente en el libro » Psicoanálisis y cine: un dispositivo en extensión II»

Algo que contar

“Empecé a escribir cuentos muy temprano y escribí muchos que no publiqué jamás porque, aunque sigo pensando que las ideas eran imaginativas y la estructura era ya la de un verdadero cuento, el tratamiento literario era flojo. Escribía como se suele hacer al comienzo de una carrera literaria: sin suficiente autocrítica, diciendo en cuatro frases lo que se puede decir en una y olvidándose de la que había que decir, multiplicando una adjetivación que por desgracia llegaba en cantidades navegables desde España. El estilo finisecular se hacía sentir todavía en una escritura floja, llena de frases retóricas y con una dilución contra la cual se empezaba a reaccionar poco a poco en América Latina (y también en España; hay que ser justo y decirlo).”
Julio Cortázar – Clases de literatura – Berkeley, 1980

Supo decir un escritor notable, ¿Poe? ¿Twain?, no recuerdo:
“Escribir es fácil, solo hay que tener algo que contar y hacerlo.”

Algo que contar. Todos tenemos a nuestro alcance material de primera calidad: recuerdos, sueños, imágenes, aromas, melodías, silencios. Amores y desamores, sensateces y locuras. Miedos y valentías. La frase de una canción o una noticia descabellada. ¿Cómo encontrar la punta de la madeja?
Reconozco bajo el sol dos buenas maneras: charlas de café y disparadores propuestos en los talleres literarios. Allí se descubren luces y penumbras. Ideas.
Ocurre que para construir historias de modo que el lector se entusiasme es preciso adquirir el oficio, además de imaginarlas.
En esa empresa estamos empeñados los talleristas de escritura creativa. Avanzamos dentro de un laberinto plagado de espejos que nos devuelven a cada paso una imagen distinta. De a poco armaremos nuestro rompecabezas.
Saltaremos al vacío una y otra vez con cada desafío.
Hasta que, pulido ese relato o poema escurridizo, decidimos dejarlo así. Sentimos el tirón del paracaídas. A partir de ese instante bajamos con suavidad. Rebosantes de placer, inflamos los pulmones. Bienvenidos los talleres literarios.
Esta vez nos salió bien.
Pero ojo, nada de correr al alambrado, revolear la camiseta y gritar como caníbales. La próxima, podríamos estrellarnos. Aunque no sería tan grave. Si a don Julio Cortázar le pasó, ¿se justifica el temor a equivocarse? Después de todo lograríamos ‒en tal caso‒ semejarnos a él.

“El humor es la bendición más grande de la humanidad”. Ésta frase sí es de Mark Twain.


Eduardo Villarino

Poetas de acá nomás

¿Cómo vivo el proceso de escritura?

-Daiana Avalos Robledo-

Tengo pocas certezas del cómo vivo mi proceso, todo el tiempo aprendo algo nuevo entonces redefino mi concepto de la escritura de la poesía y del poema en sí, tengo la suerte de que varias personas me acompañan en este proceso, confían en mi potencial y me abren la puerta a distintas oportunidades.
Escribir me ayuda a ubicarme en este mundo y los varios universos que existen en él, intentar expresar quién soy o lo que no quiero ser, una búsqueda donde encuentro fuerza, dolor, preguntas, contradicciones.
Cuando tengo una idea no la puedo dejar pasar, necesito empezar a dar vueltas y trabajarla, a veces me mata la ansiedad, muchas veces no queda lo que quiero pero siento que estoy cerca y otras solo dejo respirar para volver y ver si sigo encontrando algo ahí.
Considero que estoy en mis primeros momentos de crecimiento y maduración, intento leer lo que puedo, escribir lo que puedo y escuchar las críticas de gente que me quiere ver crecer e intentar aplicarlas lo que puedo.

Trapecio al final de la rampa

en la playa
hay
imágenes-charcos-presencia

agarro con las palmas todo
lo que puedo todo
incluso
lo inaccesible
necesito llevarlos al tobogán de cemento
que amortigüe ruido
evite raspones
así no se fisura más este
cuerpo-vasija que poseo

me arrodillo
abro los puños
extiendo las enredaderas
hago una pequeña oración
a esa fuerza intangible
el misterio de las respuestas
jamás dadas
entrelazo cada metacarpo y falange
desespero me agito
no puedo retener nada
al hacer tres pasos
sólo algunos trocitos
del rompecabezas
quedan en la mano

la rampa expone su lado más cruel
no importa cuánto me aferre
se va a encargar de que olvide
no importa si quiero guardar
en mi retina
ese trapecio a media cuadra
haciendo movimientos frenéticos
con esa
cola-flagelo-látigo de justicia
encargado de esperarme
no importa el llanto al compás
del silbido de la armónica

la rampa se encarga siempre
de romperme desde adentro
de crisparme con los alaridos
causados por la fricción
me llevó años borrar
el retrato de mi abuela en coma
llena de aparatos
creo que otros tantos
para olvidar
tus ojos fieles
abandonándome
tu respiración apagarse
tu cuerpo de plastilina
al volver a la tierra

el viento se levanta
muero de hambre
agotada en atesorar
ese primer día
vos en el bolso
y mi madre riéndose
de mi torpeza

Autorxs: Valeria De Vito

Estamos en la feria del libro de Buenos Aires, a pasos el stand de Barcelona me parece de a ratos el Coliseo romano, de a ratos un panal de abejas, una jaula. Estamos en Fuego Feminista Conquista el Espacio, y a mí, y a Valeria De Vito nos toca atender. Hace calor, y hay un murmullo permanente, la sensación de ambas cosas, el encierro, nos hace acordar a las largas estadías en aeropuertos, lo estuvimos charlando con varias, editoras del stand, casi todas mujeres, somos una colectiva. Hoy nos toca a Vale y a mí y ella no se ha quedado ni quieta ni callada un momento. Le toca presentar Martes Verde, me pide un labial y un rimel, pero antes una foto con Clown, su libro de poemas de esta editorial. Le pregunto:
Estas escribiendo Vale?
Y me cuenta que está escribiendo una novela, en realidad dos, una que está cliniqueando con Selva Almada pero que la ha detenido. Otra que surgió ahora y le quema. Me cuenta entusiasmada un poco de ambas. Pregunta la hora porque no quiere llegar tarde, las lecturas serán en el stand Orgullo y Prejuicio. Mira la foto con Clown y no le gusta, me hace sacarle 3 más pero ninguna le va a gustar mucho. Me cuenta por qué deja su trabajo de editora y cuánto la entiendo. Quiere escribir, dar clases, ir a talleres, jugar con Viole, su hija, tener tiempo. ( Yo también). Le pregunto qué siente al escribir, cuál es la sensación orgánica. Pero llega María de Nebliplateada, Vale va al baño con mi rimel y mi labial, vuelve la boca roja, Vamos Gra, me dice. Y yo la acompaño, le voy a sacar fotos que tampoco le van a gustar. En la feria tiene Clown de editorial De l’aire, Ramillete de Rocío de El ojo del mármol, Colección de fantasmas de 27 Pulqui, poemas en Martes Verdes y poemas en la antología Otros colores para nosotras de Ediciones Continente. Es nuestra autora.

Ph Marcelo Pedro

Escribe: Chela Prieto Rey