La hoja blanca con líneas celestes sobre la mesa de madera. Una mano sostiene el lápiz, la otra descansa sobre la hoja. Estoy arrodillada en una silla frente a la mesa, miro fijo a la cámara, no sonrío. De este lado, alguien ve a la niña de la adulta que no fui.
Ojos enormes, como girasoles abiertos al sol, recorren la habitación desnuda de muebles y cortinados. Está parada en medio de ella sollozando por lo perdido. El corazón le late fuerte pero sincronizadamente, como aquel reloj de la sala que amaba tanto. Su mente corre de un pensamiento a otro sin ton ni son. No sabe cómo resolver lo que está sucediendo, esto la angustia y llena de ansiedad. Ya hace un tiempo que le cuesta afrontar la realidad, que siente un vacío y un dolor en la boca del estómago al pensar en ciertas cosas que debe atravesar. Y otra vez está sola, en esa habitación que es su propio cuerpo.
…
Está sentada frente al espejo, parece estar mirándose pero no. Por la posición de su cuerpo sé que está totalmente ausente, en laberintos de color verde intenso pero también muy oscuros. Qué busca? Qué piensa? En qué y quién cree? Todo en ella es un gran interrogante. A veces pienso que vive en el pasado, en lo que fue o en lo que nunca llegó a ser. Ahora se para y camina hasta la puerta pero retrocede y se apoya en la ventana. Ya salió de su mundo interior, ya sonríe y se conecta nuevamente. Y me abraza y me besa. Está acá.
El pueblo permanece en silencio. Ese silencio perezoso que no quiere irse y se instala cómplice del sueño. Las casas, de techos bajos y puertas sin cerraduras, se amontonan, abrazándose con la inmensidad del paisaje. Sólo una casa de paredes blancas, con ventanas abiertas, está apartada. Las cortinas se escapan, bailando sensualmente, al ritmo de la brisa marina. Su chimenea humea y el olor a pan, recién horneado, se esfuma, con esa frescura característica de los amaneceres otoñales. Las luces del alba iluminan el mar, mar que no duerme ni descansa. Empuja las olas para que mueran en la playa, y las abraza, caprichoso, para dejarlas morir una y otra vez. Los barcos, con sus redes, esperan solitarios y abandonados. Una gaviota parada en el mástil picotea insistentemente una melodía ancestral y romántica. Amanece, dejo una carta sobre la almohada, la tibieza de la cama se desvanece entre sábanas revueltas. Sobre la mesa hay pan recién horneado. Tomo el morral y me alejo, dejando huellas sobre la arena mojada, con mis pies descalzos.
Salí a mirar las estrellas. Me senté en una piedra, fría y húmeda, los cerros eran una enorme mancha oscura que asustaba un poco, presté atención al ruido del agua. ⸻el río viene crecido ⸻ pensé.
Una rara inquietud había en medio de mi pecho. Volví a escuchar el río. Las ramas de los eucaliptus se movían provocando un rumor que casi aturdía, levanté una hoja del piso, el perfume intenso me recordó ciertas noches vividas, ciertas noches de invierno.
No sé por cuánto tiempo mantuve suspendidos mis ojos en el vacío, cuando de un momento a otro lo vi. Era una criatura extraña, y con los ojos me decía: Soy un ángel.
El corazón rebotaba, por un momento creí que había saltado de mi pecho y él lo tenía entre sus manos. Me sostenía la mirada y sonreía. Todavía desconozco el motivo, cómo lo hice, pero cuando se acercó, empecé a hablar, a hablar de muchas cosas. No sé si lo hice emitiendo palabras o no. Lo que sé es que le conté mis miedos, mis esperanzas, mis secretos. Mientras hablaba sentía que ese oyente pasivo ya sabía cada palabra mía, como si mutuamente fuésemos parte del otro, como si leyese en mí algo ya dictado por él alguna vez.
Cuando terminé todo lo que tenía por contar, algo había cambiado, y el ángel ya no estaba. Alegría y dolor, amor y desamor, risas y llantos, todo yendo hacia el silencio original.
Por fin, yo aceptaba que eso era todo.
1-
Nunca pensaste que esto les fuera a suceder, que los atrapara la inercia y se transformaran en un mal día de pesca: una tardecita gris sin frío, muy poca gente en la costa, una caja a pleno, tripa de sábalo fresca, los riles armados a la perfección.
No hubo pique, ni siquiera una rama se enganchó para generar algún movimiento alentador.
Sin embargo actuabas como si.
Como si las cosas que los unieron te siguieran interesando.
Entonces un día te levantaste y saliste, sin decir nada más que lo acostumbrado: buen día, pasame el café, ¿ya te vas?.
2- Cuántas mañanas te fuiste a trabajar sin dormir, pleno de tanto disfrute. Migas en la cama, juguetes, música, ropa desparramada, una mesa desprolija; éramos el antídoto perfecto contra el aburrimiento. No sé si estábamos enamorados pero el placer que nos dábamos suplía todas las carencias, claro, siempre te faltó algo; siempre me faltó amor.
Una tarde de febrero, cuando tenía doce años, me duchaba en una casa hermosa que mis viejos alquilaron en San José del Rincón. Era una construcción antigua que ocupaba el vértice de una manzana completa de patio con árboles, pileta, jardín. En pleno pueblo. Pasamos todo un mes en ese lugar, por el que desfilaron un montón de amigos y familiares para compartir una tajada de frescura en medio del verano que ocupó el final del ’96 y el principio del ’97. Me duchaba y de improviso mi mente encontró la punta de un hilo oscuro del que empezó a tirar y tirar. El asunto era que me iba a morir alguna vez, que la estaba pasando muy bien ese verano, pero igual me iba a morir, que tendría hijos alguna vez, pero igual me iba a morir, que aun escribiendo una gran novela como las de García Márquez, me iba a morir. Y la idea de la muerte trajo consigo, contundente, una noción de la inexistencia, un atisbo de lo que puede significar la nada, ya no ser. En lugar de alejarme de esos pensamientos, los completé con un concepto que cerró el círculo de mi angustia: la eternidad. Dejaría de ser para siempre y siempre es nunca más. Se me aflojaron las piernas, alcancé a apoyarme un poco en la pared y lloré. Bastante tiempo lloré. Por testimonios y lecturas posteriores, podría determinar que aquello fue una especie de ataque de pánico. Pero en lo personal, significó una epifanía, ya que es una idea de la muerte perfectamente compatible con mi visión de la vida y fue bueno que a tan temprana edad comenzara el camino de la aceptación. Cada tanto tuve episodios parecidos, sin embargo ya no con esa significación. El último que recuerdo fue en un Ford Falcon que hacía de remis trucho entre Santo Tomé y Sauce Viejo. Me dirigía a mi primer trabajo, también era verano e iba solo en el amplio asiento trasero cuando recibí la cachetada sin tiempo de esquivarla: nada nunca más. Me recosté hacia un lado y aplasté la cara contra el asiento. No habrán sido más de dos segundos y dudo que lo hayan notado el conductor y el pasajero que iba adelante. Me compuse, llegué al laburo e hice lo que tenía que hacer. Salvo excepciones, llevo años haciendo eso. Demás está decir que no pude adscribir a ninguna idea de trascendencia para mi yo consciente. No alma, no cielo, no reencarnación, no fantasma, Me consuela saber que alimentaré a algunos gusanos, que legaré algo a (por el momento) una hija, que tal vez uno de los poemas que escriba perdure algunos años más que yo y que alguna de las causas que milito se extienda más allá de mí y, por más que no la vea, triunfe. Una vez pensé en escribir un cuento con el siguiente desarrollo. Un grupo de diez personas, más o menos, se junta a cenar. No hay demasiadas precisiones sobre qué los liga, si son amigos, si son familiares, si son una secta. En orden, cada comensal expone una idea acerca de la vida después de la muerte. Algunas son las harto conocidas, otras son inventos propios de variada originalidad. Al terminar las exposiciones se promueve un debate para elegir una y sólo una idea a la que todos deben adherir antes de tomar suficiente veneno como para partir hacia ese destino consensuado. En ese cuento, uno de los personajes propondría mi versión preferida de la muerte imaginada. Es una mezcla del deseo de persistir como persona y las concesiones que le hago a la inexistencia. El asunto sería así: cuando muera, mi consciencia abandonará mi cuerpo, eyectada como un cohete hacia el cénit. Sólo conservaría la capacidad de ver y pensar, mientras viajo en línea recta por el espacio. Según la rotación cósmica, pasaré cerca de tales o cuales planetas y estrellas, atravesaré nubes interminables de materiales extraños e incandescentes o vacíos prolongados por miles de milenios. No es un gran plan, probablemente enloquecería y vería pocas cosas, pero saciaría la curiosidad que siempre me produjo el universo. En esta idea, la gran concesión a la muerte serían la soledad y la eternidad. El lugar y los años en que viví quedarían muy lejanos, olvidados a mi pesar, cuando me choque con el límite del universo. Sin embargo, ese límite podría estar pegando la vuelta al núcleo que inició todo y empujarme también a mí de regreso. Tal vez el tiempo se sumaría al repliegue del universo, millones y millones de años rebobinándose, llevándome camino a lo que fue mi vida. Aprovecharía para repasar los planetas y las estrellas ya vistos. Cerca de volver, recordaría las maneras, las sensaciones y las caras de las personas, para reconocerlas al llegar. Finalmente, recuperaría mi cuerpo, para abrazarte de nuevo, así para siempre.
El tropiezo, ese instante incorruptible. De caer encima de lo eterno que no tiene más remedio, que la unión a las células de las que está hecha el espíritu.
Y que va sumando diamantes
que nos hacen brillar los ojos.
Así lo sintió a las 6, a las 9 y a las 10 Y cada vez que descubría los pequeños detalles.