Me lavo las manos. Obsesivamente. Salgo. En la puerta de mi departamento dejo lista una canasta con un rociador con alcohol, otro con agua y lavandina y una rejilla previamente desinfectada. Voy a salir un ratito. Mi perrita Rose va conmigo. Toco sin miedo el botón del ascensor, ya lo limpié segundos antes. Salgo a la calle. No me cruzo con nadie. Pero siento que desde todos los ángulos acechan partículas malignas. Miro a mi perra que se detiene en el pasto. Trato de recordar cuánto era que se mantenía vivo allí. Llegamos a la panadería (queda enfrente del edificio). Solo crucé la calle. Rose se queda afuera y yo entro. El mostrador no se ve. Todo está protegido por plásticos colgantes. No veo ni a la chica que atiende. Solo hay un cuadradito abierto. Por ahí paso el dinero. Salgo. Rápido, regreso. Entro al ascensor. Llego a mi piso y veo mi canasta. Ah ya casi… Limpio las patitas de Rose (creo que empezó a odiarme). Abro la puerta, me saco las zapatillas, el vestido. Llevo todo al balcón y lo rocío con alcohol. Cierro las puertas. Zambullo en lavandina la colita que tenía en el cabello. Me ducho. Finalmente salgo del baño sintiéndome a salvo. Pero, veo el picaporte. No lo limpié cuando llegué. Otra vez. Lavandina, rejilla, lavado de manos. Ahora sí. Me preparo un café y me siento con ese pastelito que tiene que saber a paraíso. Ya está. A disfrutar… Es viejo.
Esta noche decidí sentarme, salir de mi posición erguida para observar desde otro ángulo, a la altura de los perros… sentada, con los rulos al viento, ese caliente que dejan en el aire los autos al pasar, miré, las caras de las personas que conducían sorprendidos, incrédulos, nunca conmovidos No pensé, en nada, en nadie Sólo me senté, en un cantero de la esquina a esperar el 3
Cuando tenés diez años las siestas son como montruos que te envuelven y te dejan a oscuras. A casa la envolvía un tejido. Y en uno de los límites un cañaveral. Ahí estaba lo mágico. Fumábamos al sol ramas de caña con mi hermano. Lo hacíamos como mi papá que con treinta años casi le explotan los pulmones. La siesta traía el momento de sacarle piojos a mi hermana. Casi en silencio, para que tu papá fumador no se entere. Porque tener piojos era casi pecado. Las siestas a los diez años nunca fueron perfectas. Era esa naranja que tenías que mirar de lejos. En la planta. Se podían comer sólo con un permiso y certificado de buena conducta. Las siestas cuando no hay amor son horas muertas, hasta que llega la hora de barrer el patio de tierra, que se regaba a mano. Con baldes que, cuando tenés diez años, parecieran tener el tamaño de dos canchas de fútbol. Las siestas de la niñez a veces deben olvidarse.
Mientras estoy adentro de mi casa, su ubicación no es algo que repercuta en ninguna de las actividades domésticas o en la vida entre cuatro paredes y bajo un techo. Por los ruidos que me llegan bien podría pensar que estoy en Guadalupe Oeste, el barrio en el que me crié, o en cualquier zona medianamente integrada de la ciudad. Sin embargo, cada vez que abro la puerta para salir a la calle, me pega la zona en plena cara: vivo en la Recoleta santafesina, ex área de boliches, aún comercial y transitada desde la mañana hasta entrada la noche. Me cuesta ponderar las virtudes de la centralidad urbana, aunque considero algo hipócrita desdeñarlas. Puedo ir caminando a satisfacer casi cualquier necesidad: comercial, educativa, de salud, de entretenimiento o esparcimiento. Y, de hecho, suelo hacerlo. Camino las veredas, generalmente viejas, pensando que estoy en el centro de un montón de ciudad, que si camino y camino, seguiré estando en la ciudad. Paradójicamente, esa sensación parecida a la claustrofobia (¿urbanofobia?) se calma cuando retorno a mi casa y me encierro, para quedarme más tranquilo, aunque siempre pensado que me rodean kilómetros de cables transfiriendo energía, información y absurdos programas de TV; kilómetros de caños para el agua y el gas, la lluvia y la mierda; kilómetros de pavimento para moverse sobre ruedas por el lomo de una Santa Fe que es un gran pez encallado entre dos ríos, con escamas de cemento, vidrio, cobre, plástico y algunas verdes también, vivo a pesar de todo. No pocas veces despierto con ganas de mudarme, correrme del centro de la ciudad para no sentir que hay quinientas mil personas afuera de mi casa, como girando en espiral, conjuradas para tumbar estas paredes que nos refugian a tres personas y un perro, que resistimos y contrarrestamos semejante presión. Pero, por suerte, este delirio paranoide no es constante ni compartido por mi compañera y nuestra hija (tal vez sí por el perro). La mayoría del tiempo estoy reconciliado con la gente. Incluso quiero que tengan acceso a toda esta porquería, que es mejor que inundarse o vivir en la basura; quiero que también sus casas estén contenidas en una cuadrícula que les facilite la vida en vez de ser un obstáculo para la misma; quiero que puedan quedarse o irse de la ciudad según su deseo; quiero que todos tengan, como tenemos algunos, la posibilidad de amar y odiar en partes iguales el lugar que un poco elegimos y otro poco nos toca para vivir.
Viajábamos desde hacía casi doce horas. Habíamos cruzado la mañana bajo un cielo azul pulido con la selva a cada lado, pura estridencia de verdes y de pájaros. Al mediodía, el aire en la ruta se incendiaba: cuarenta y tres grados bajo el sol y apenas algunos menos dentro del auto.
Agradecidos de la sombra estrecha, improvisamos almuerzo en la banquina, entre el runrun del tránsito amigable y un rumor vital y ajeno, acechando ahí nomás, en la espesura. De postre, frutas compradas en los márgenes, esos oasis coloridos, donde todo resulta apetitoso, dulces y licores, escabeches, pan con chicharrón, quesos de cabra. Apretamos orquídeas rústicas y cactus en los huecos del baúl, melones, limón sutil y naranjas, en bolsitas de red. Puro perfume importado de la selva.
La tarde nos trajo un horizonte de nubes y el alivio de kilómetros de lluvia destiñendo el paisaje. Despabilados, retomamos las charlas y la risa, sobre un fondo de chamamés que enlazaba la radio. Paramos a respirar el campo. Por el filo donde termina el camino y empieza la oscuridad, se dejaba caer el sol. Pero nosotros estábamos despiertos: desbordantes de paisajes, de voces y aromas nuevos, íbamos saboreando las historias, todavía frescas, antes de convertirlas en recuerdos.
Hasta que al fin, nos alcanzó la noche.
Con sus brazos de sombra acalló los azules, los rojos, los naranjas; amontonó texturas, absorbió cada hierba con su flor, cada árbol con sus pájaros. Quedamos atrapados en la cinta blanquecina del camino. Alertas, temerosos del borde y sus misterios. Algunos zorros fugaces y sus crías asomaban de golpe con los ojos encendidos; de tanto en tanto, un auto nos hacía guiños y se alejaba arrastrando un rumor luminoso, que la noche, se tragaba al instante.
El deseo de llegar, encendía la urgencia. Las ciudades ajenas nos llamaban con sus luces como sirenas mudas, petrificadas. Pero no hacíamos caso. Alternando destellos, por encima y a los lados, avanzábamos sonámbulos. Una nostalgia incipiente traía ráfagas de imágenes cotidianas, que se iban enroscando con la niebla.
Cuando los silencios, dentro y fuera, se hicieron demasiado largos, nos estacionamos al cobijo de una estación de servicios, donde una manada de camiones, dormía a cielo abierto. Todavía vibrando, bajamos los asientos y los párpados, pero el sueño estaba inquieto. La noche avanzada del viajero es de oscuridad profunda, sin los roces del encuentro ni los brillos de la fiesta: lejos de casa, en el camino, es noche de fantasmas, de silencio poblado de crujidos y de sombras que rondan en la sombra. Imsomne y aletargada al mismo tiempo, me detuve a mirar hacia el claro de luz de la estación, también despierta. Entonces, como si fuera magia, en plena oscuridad se filtró el día. La chica detrás del mostrador avanzó entre las mesas y las sillas, con un termo y un mate en cada mano; se detuvo un momento frente al televisor y miró por la ventana. Respondiendo a la señal, el muchacho de la playa, se desperezó y entró.
Era 8 de diciembre. Ella desconectó las lucecitas; con movimientos suaves pero firmes, desprendió los adornos, uno a uno. Él enrolló las guirnaldas, levantando una nube de destellos plateados y dorados. Desde algún lugar del fondo, trajeron una caja, plegaron las ramitas del árbol y sobre un colchón de papeles abollados, fueron guardando todo. Hay imágenes que arrullan. Despertamos con los cantos rosados de los primeros pájaros; despabilados por el rocío de la madrugada, volvimos a la ruta. Todavía faltaban unos cuantos kilómetros. Pero una vez que cruzáramos el río, dentro de casa, nos estaría esperando la mañana.
Estábamos caminando por la plaza, nos mirábamos y en ese modo de vincularnos nos fortaleciamos frente al miedo, al dolor, a la ignorancia, a las preguntas: «donde están?» y a la exigencia: «devuelvannos a nuestros hijos!!». Así, una y otra vez, un día tras otro, el tiempo: todos y ninguno, todos y mi amado Pedro. A veces este corazón desbordado golpeaba la memoria cuando pasaba por la estación Retiro.
Dos veces por semana viajaba en el mismo tren…habrá llegado a casa?
así como una estrella fugaz que irrumpió la noche sin luna posó tu luz en mis ojos pude ver el camino que quiero para mi vida futuros posibles quizás hijos
un timbrazo me distrae parpadeo breve vuelvo a buscar casi por inercia escudriña el bus mi mirada te encuentra a un lado caminando casi sin moverte me arrebata la brisa de tu cuerpo volteo un poco más, sin cautela quisiera que no lo notaras o quizás sí
Disfruté mucho de aquella siesta. El arroyo era un cubilete con cristalitos rotos. Su mano descansó en mi frente. Oíamos la radio. El conductor de nuestro programa favorito anunció un tema de antaño. Phil Collins. A los dos nos gustaba. A ella la melodía, a mí el mensaje.
Creo que ocurrió en ese instante. La brisa dejó de entibiar, el aire espantó trinos y congeló el roce de las hojas. Un ejército de grises, como veneno crepitante, empezó a invadir el paisaje. Perdí el calor de su mano y ella se alejó sin ruido.
¿Cuánto duró mi búsqueda?
Inmerso en una penumbra sutil, aparecí sentado en la butaca de un teatro desierto. Una línea de luz iluminó el escenario. Entonces escuché los primeros acordes de una canción. Era la de aquel día, al borde del torrente. Quizá no hubiese pasado tanto tiempo. Pude ver el contorno iluminado de una figura sobre el escenario. El artista buscaba, haciendo visera con la mano. Había otro espectador; le dedicó una sonrisa.
Escuché:
“…porque estarás en mi corazón. / Sí, estarás en mi corazón / de hoy en adelante / ahora y para siempre…”.
Cuando los aplausos empezaron a morir, ella flotó sobre butacas vacías, encontró mi mano y nos fuimos.
Se levanta es hoy, aunque el presente chamuya. Después de lavarse los dientes no pone como yo en el grifo la boca sus manos junta debajo una cuevita para el hilo de agua donde la cara sumerge. Almorzamos temprano respetamos a la siesta como a una reunión que con puntualidad se entra. No queda más sueño la tardecita, inabarcable poemas le sobran. ¿Cuántas cigarras hay que matar para que el verano se apure?
Estoy hecha de hierbas y flores. No hay lugar en este cuerpo, renacido, para la carne putrefacta. En mi cabello hay campanillas azules. Esas que tenía la casa de mi Leli y que nunca más encontré. Hasta hoy, que florecieron en mi cabeza. Me dan forma el romero, la menta y la salvia. Esa que usaba mi mamá cuando hacía su té para todos los males. La lavanda inunda todas mis concavidades para que emanen de mí solo buenos augurios. La manzanilla acuna mi vientre y salen los sueños de lugares que no existen. Pero que yo conozco. El diente de león y el clavel del aire me prestan sus raíces para que nada me detenga. Nada me aprisione. Para que siempre pueda el viento llevarme a volar. Porque soy del aire. Porque consumida en el fuego, renací. Emergí del pantano más oscuro y oloroso. Me limpió la lluvia de aguas mansas. Y así, transformada, regresé.