Muy allá buceando aguas profundas

(De Verónica Capellino)

Muy allá buceando aguas profundas
de unos ojos inmensos buenos tristes
encontré peces ciegos verdinegras piedrecitas
caracoles corales
restos de naufragios

una luz se filtraba despaciosa
una luz sin sonido y despaciosa
luminaba lo inmediato y era todo
lo inmediato tan triste tan bello
que no pude no quise no era momento
de andarme por lugares
más oscuros
la casa nos cercaba
con su vacío lleno
de una mariposa azul

afuera caballos la negra
y un rosal que mejor no se acostumbre
a que lo rieguen con horario.

Traje conmigo una pluma pequeñísima:
se le cayó mientras me amaba
indagando sin reticencias
y literalmente navegando
mis aguas hondas y mi honda
sangre lunar

mirándola recuerdo haber entrado
por sus ojos
como él entró en mí
desde mi cuerpo

lo demás es tiempo mundo gentes
aquello con lo que apenas

podemos como podemos.

Verónica Capellino escribe, en San Cristóbal, Santa Fe

Anidar

(De Nuestra sombra volcada en el río, -ed. Agua Vivade Washington Atencio)

Tu respiración empieza
en la punta de mis dedos.

Inicio un viaje por tus vértebras,
ruta ondulada bajo mis yemas.

El sol se siembra en tu espalda,
campo a la tardecita
donde quiero germinar.

Deseo ser esqueleto, sostenerte
en pie frente al derrumbe
pero soy piel
carne
tendón apenas.

Tu cabeza se inclina hacia atrás
como buscando.
Cabe en el hueco de mi mano.

Washington Atencio escribe, en Paraná, Entre Ríos

Palabra Sagrada

(De María de los Ángeles Oroño Glur)

La belleza del agua se hunde en el pasado. sigue los sueños transparentes del invierno.
………….

Entonces…la voz de todas las voces la invoca como a una diosa salvaje.

Besa suavemente sus pies de ninfa.
………………..

Y todo transcurre en el nacimiento de la palabra sagrada.

María de los Ángeles Oroño Glur escribe en San Cristóbal

Gente revolviendo la basura

De Rascacielos, Juan Pablo Bagnarol

Gente revolviendo la basura

la nuestra

el patrullero circula con mayor frecuencia

parece que hay más

unidades

seguridad

nos encerramos temprano

las ventanas de una pc se abren más seguido]

abunda la publicidad paga en el muro de facebook]

en los grupos de compra y venta

la gente vende todo

hasta su casa

un albañil sube fotos de una pared recién hecha]

pienso

la sombra de un mueble

puede esconder:

el color original

mancha de humedad

golpe de puño

una grieta

Juan Pablo Bagnarol escribe, en Santa Fe

Libretas

(De Julia Porta)
“Describir lugares para atrapar momentos”, señala una de las tantas frases garabateadas en esa pequeña libreta. En ella, Lucía anota todo aquello que no entra en cualquier otro espacio. Detalles que corren riesgo de olvidarse, pensamientos rápidos, sensaciones pasajeras, emociones fuertes. Lo profundo y lo trivial se mezclan en sus hojas cuadriculadas. Como las de los cuadernos de matemáticas de la primaria, cuyas paralelas y perpendiculares impiden el caos de la grafía en formación. “Nada debe salir de su lugar si quiero conservarlo”, piensa Lucía y se tranquiliza. Como con esa tapa en la que una especie de antifaz exhibe el dibujo de dos párpados cerrados. Una combinación que a ella se le antoja una invitación al auto conocimiento y, a la vez, un refugio para los recuerdos.

Julia Porta escribe, en Santa Fe

La sonrisa perfecta

(De Syl Echeverri)

Tantos años, por fin nos vemos. Me gustó la idea de venir a tu casa, como siempre un gran anfitrión. Se ve bien la decoración, dejó de ser un burdel, como era tu costumbre, tiene más pinta de hogar. Dejá, yo preparo tu escocés, importado, después de tantos años, recuerdo tus gustos.
Acá estamos frente a frente, tantos daños injustificados, ¿o vos creías que estaba todo bien?, ¿no? Te acordás de tu crisis de los cincuenta, te enamoraste de la hija de mi amiga, una chiquilina de diecisiete años, me dejaste. Cuando me seguías, me acusabas o me denunciabas sin motivo alguno.
Recordás aquella vez que me viste con ese pobre tipo cenando, bajaste de tu auto importado con la conejita de turno, entraste al restaurante, un escándalo, yo me acuerdo y mucho todo el daño que causaste, no dejaste nada.
Qué pasa, contestá, hablá, estás ahí con esa sonrisa estúpida en la cara, dale hablá. ¿Qué pasa?, ¿no contestás?, es la primera vez que estás tan callado, con esa sonrisa de imbécil. Ah, se me olvidaba, qué estúpida que soy, es efecto del cianuro con escosés.

La cita

(De Mariana Herz)

Desde las cinco mira el reloj. La cita es a las ocho. No quiere llegar tarde. Teme que si se enrosca en alguna actividad pasatista se olvide la hora. Él odia que se atrase. Si lo hace le pasa factura con un silencio abrumador. Ya son las cinco y media. Mejor se ducha y lava el pelo. Calcula una hora para estar lista y otra para llegar en colectivo hasta la Plaza de las palomas. Se mira en el espejo antes de salir. Todo en orden. El pelo perfecto, la ropa impecable, el esmalte de uñas sin una cachadura. Un toque del perfume que reserva para ocasiones especiales y listo. Ya está. Ya llegó. No importa que él no esté a la vista. En un instante aparecerá por detrás. Seguro. Siente una mano huesuda en el hombro. Gira y lo tiene enfrente. Vamos, le dice autoritario y ella se deja ir. Lo sigue como puede. Él da grandes zancadas y ella con la falda angosta y los stiletos se va trabando en la filigrana de la vereda. Dale, caminá. Siente la estocada de su voz que la atraviesa. Casi sin aliento, lo alcanza en la puerta. Suben al ascensor sin tocarse. Siente sus ojos escaneándola. Él no le dice nada. Siente frío. Cuando el ascensor detiene la marcha le hace un ademán para que salga primero. Sus piernas se anudan pero recupera el equilibrio y él parece no haberlo notado. Bien. Se le adelanta y golpea. La puerta de cedro se abre y los hacen pasar a una oficina interior. Ahora transpira. Le sudan las manos y le falta el aire. Nadie lo nota. Toman asiento en torno a una mesa robusta con un vidrio biselado encima. Un hombre calvo, de unos cincuenta largos, perfumado y trajeado les extiende una birome dorada. Con un gesto les indica que firmen. Como para todo en su vida, él se le adelanta, toma la birome y se la pasa, forzándola a firmar primero. Sus ojos se nublan y le tiemblan los dedos. Siente que afloran las lágrimas. Un, dos, tres. Inhala y exhala. No quiere llorar. Después de que él firma, el letrado toma los papeles y los introduce en una carpeta de cartulina, con bordes metálicos, de esas que se colocan en archiveros colgantes; los mira con sus grandes ojos aguados y con una sonrisa disciplente, exclama: bienvenidos a su estado de divorciados.

Mariana Herz escribe, en Santa Fe

Sin adjetivo

(De Joselina Martínez)

Las variaciones de luz en la pared indican que el Sol sigue moviéndose, a pesar de este encierro en el que mis pasos aprendieron a caminar en redondo.
Con una rutina de regadera y papeles pretendo al menos ordenar el reloj.
Busco trazar un mapa en este almanaque sin domingos: ejercito la fiaca, seco el celular, esquivo la balanza, bendigo la red, observo insectos.
Lo más importante es que aprendí a reconocer el canto de algunos pájaros que anidan en la palmera del vecino. No me gustan las cotorras. Ellas siguen llegando en multitud.
La noche trae silencio, pero en los pliegues se descubren grillos o perros y alguna moto que brama cruzando la avenida.
Disfrutar del tiempo puede ser agotador.
Por eso a veces me robo un rato para escribir. Como ahora.

Joselina Martínez escribe, en Santa fe

Ángel y diablo

(De Camila Fredes)


Nos encontramos más cerca de nosotras mismas. Más cerca de nuestras buenas y malas versiones. En esta época de soledad, de silencio, podemos escuchar nuestras voces. Vernos de cerca un poquito más. A veces no queremos mirar. No queremos lidiar con lo que tenemos dentro. Sea bueno, sea malo. Nos cuesta pasar tiempo a solas. Conectando con nuestro cuerpo, con nosotras. Nos cuesta mirarnos, aunque sea un ratito, sin crítica alguna. Nos damos con un «látigo» cada vez que podemos. Una vez hablé con alguien sobre cómo puedo darme cuenta si soy buena o mala persona. Fue hace unos días dónde tenía una especie de lucha interna. Dónde me acordaba de cada uno de mis errores. Nunca cosas buenas. Sino que pensaba en todas las malas. En todas las cagadas, básicamente. Esa persona a la cuál le debo mi salud mental, me respondió esto ante mis dudas: Todos somos buenos y malos. Todos tenemos una versión buena y mala. Luz y sombra. Ángel y diablo. La diferencia recae en qué decidís alimentar: ¿el lobo blanco o el lobo negro? Mientras más alimentes aquello bueno que tenés, mientras más acciones buenas tengas para con vos y con los demás, aquello te va a definir. Esto no quiere decir que equivocarse está mal. Dejame decirte que te vas a seguir equivocando, porque es necesario. De los errores se aprende. Ahí también está la diferencia. Aprender del error. Decidir no repetirlo y aprender de eso. Hacer las cosas de una manera diferente, alimentando tu luz y tus cosas buenas. Por eso, el lobo interno que más alimentes es lo que va a caracterizar tu esencia.

Camila Fredes escribe, en Santa Fe

Juego

(De Claudia Rosciani)

Hace algún tiempo dejo cosas mías por ahí. Cosas lindas. Objetos que, si alguien encuentra, me parece que querrá llevarse consigo. La gente todavía hace esas cosas. Dejarse sorprender por algo mínimo. Esa sí es una condición: tienen que ser mínimas. Para que no sea difícil darlas por perdidas (no para mí, sino para quien las encuentra), para que sea sencillo llevárselas. Y lo que así comienza. Inevitablemente vendrá alguna pregunta. El origen. El uso. La pertenencia. Las circunstancias de la pérdida. La gente aún hace, sin darse demasiada cuenta, esas cosas. Y tal vez, incluso, haya algo mas. Una historia asociada a todas esas preguntas, una historia elegida entre todas las posibles, porque sí. De mi lado, también estaré imaginando porvenires posibles e imposibles para mis pequeños objetos perdidos.
Hace tiempo que busco un semejante. Para jugar. Cruzar una mirada, dar el paso, preguntar cosas que solo tienen el sentido de iniciar un contacto. La gente ya no hace esas cosas. Por eso, porque el deseo de jugar es irrenunciable, inventé esto de dejar pequeños objetos por ahí. Los pierdo para que alguien los encuentre. Para que aparezca la pregunta. Para que sigamos inventando historias. Para que jugar sea, porque lo es, de esas cosas que seguimos haciendo para vivir.

Claudia Rosciani escribe en Santa Fe