Pasajero

(De Jorge Roldán)

Guillermo miró la hora en el celular y puteó una vez más, ya empezaba a repetir los insultos. Salió de la constructora corriendo; uno de sus empleados ya le había sacado el Audi de la cochera para ganar algo de tiempo.
─¿Quiere que lo lleve, señor Bressán? ─preguntó el muchacho al ver a su jefe tan ansioso.
─No, pibe, salvo que seas piloto de fórmula 1, a mi auto lo manejo yo.
Tiró el saco en el asiento del acompañante y aceleró como si realmente hubiera largado una carrera. Mientras trataba de salir del microcentro sin matar a nadie e iba buscando el camino más corto para salir a la autopista, llamó a su piloto y le dijo que tuviera el avión listo para salir urgente. El muchacho le respondió que eso no iba a poder ser hasta que terminara un chequeo de la nave, pero Guillermo no estaba para excusas, le dijo que llegaba y sí o sí salían para Buenos Aires o se le caía el negocio del año. Cortó sin dar lugar a réplica, como siempre. El flaco lo hartaba porque siempre se pasaba de prudente, total para él todo era llevar el avioncito de un aeropuerto a otro y cobrar el sueldo. No se estaba jugando en cada vuelo una cifra millonaria.
Venía bastante bien, ya había tomado la autopista y la cupé Audi volaba. La raya de cocaína que había tomado antes de salir lo había enfocado y por un momento se le cruzó por la cabeza si no llegaría más rápido manejando hasta Buenos Aires. Pero a diez kilómetros del aeropuerto el navegador le avisó de un corte en la autopista y tuvo que pisar el freno hasta el fondo para no tragarse la doble fila de autos que esperaba sin poder avanzar.
Guillermo no esperó ni diez segundos, se bajó del auto y le preguntó al remisero que estaba adelante qué pasaba.
─Ahí la radio dice que volcó un camión con soja y está cruzado allá adelante. Hasta que no lo muevan…
─¡Pero la puta que me reparió! ¡No llego al aeropuerto!
─Y sí, flaco, yo estoy llevando a la señora que tiene un vuelo también. Nos cagamos jodiendo todos, qué va a ser. Paciencia.
Guillermo volvió al auto furioso. Apretó el volante como si lo quisiera arrancar. Tocó la bocina, encendió la radio, la apagó, llamó al piloto queriendo avisarle de la demora y lo terminó puteando. Habló a Buenos Aires para tratar de correr la hora de la reunión, pero era imposible. Los chinos firmaban los papeles a las 14 y a las 15.30 tenían vuelo a Brasil. O estaba en horario, o la operación no se hacía. Guillermo cortó e insultó a los chinos por adelantar su partida y complicarle todo. Se comunicó con un funcionario de Seguridad Vial, pero no había mucho que hacer. El tipo le dijo que una máquina ya estaba trabajando para mover el camión volcado, y que en “media horita” iban a poder seguir. Esa media horita le arruinaba todo, así que también lo puteó y se quedó refunfuñando en el auto, agotados ya los recursos.
Mientras bufaba, miró hacia el remís. El conductor estaba a las carcajadas con la vieja que llevaba. Acompañaba la música de la radio de cumbia que escuchaba dando golpecitos con la palma en la puerta del auto. A pesar de la contrariedad, el tipo estaba de buen humor, hasta parecía feliz. Un gordito que probablemente fuera un insignificante chofer sin el secundario completo, tuviera una hernia de disco por estar tanto sentado, le negrearan parte del sueldo, y el sedentarismo y el alcohol le estuvieran cagando el corazón. Así y todo, parecía dueño de su vida y le causaba envidia verlo de tan buen ánimo. Guillermo pensó que en ese día de mierda, el que tenía una vida miserable era él mientras la del remisero era un disfrute. En ese momento hubiera querido ser el otro, y que los negocios, la financiera, la constructora, los chinos, la hija de puta de su ex mujer y los parásitos de sus hijos se fueran bien a la mierda.
Sintió un dolor punzante en la cabeza y cerró fuerte los ojos. Fueron pocos segundos. Cuando los abrió estaba en el auto de adelante, sobre un asiento rotoso, con los vidrios abiertos porque no andaba el aire acondicionado. Sonaba un tema de Sergio Torres en la radio. Vio a la pasajera por el espejo, que le decía que nunca pensó en divertirse tanto en una situación tan molesta. Guillermo trató de hablar, pero no controlaba nada. Era apenas un pasajero en la mente del remisero, testigo mudo de la vida del otro.
─¿Y qué le vamos a hacer, señora? Si no le ponemos humor a la vida, ¿qué nos queda? ─dijo el remisero, y siguió acompañando la cumbia haciendo percusión con la mano sobre la puerta verde.
Menos de media hora después, la fila de autos avanzó. En el Audi encontraron muerto al empresario Guillermo Bressán. Un ACV, dirían, y nadie estaría sorprendido, teniendo en cuenta lo estresado que vivía.

Jorge Roldán escribe en Santa Fe

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