(De Beatriz Bertea)
Salí a mirar las estrellas. Me senté en una piedra, fría y húmeda, los cerros eran una enorme mancha oscura que asustaba un poco, presté atención al ruido del agua. ⸻el río viene crecido ⸻ pensé.
Una rara inquietud había en medio de mi pecho. Volví a escuchar el río. Las ramas de los eucaliptus se movían provocando un rumor que casi aturdía, levanté una hoja del piso, el perfume intenso me recordó ciertas noches vividas, ciertas noches de invierno.
No sé por cuánto tiempo mantuve suspendidos mis ojos en el vacío, cuando de un momento a otro lo vi. Era una criatura extraña, y con los ojos me decía: Soy un ángel.
El corazón rebotaba, por un momento creí que había saltado de mi pecho y él lo tenía entre sus manos. Me sostenía la mirada y sonreía. Todavía desconozco el motivo, cómo lo hice, pero cuando se acercó, empecé a hablar, a hablar de muchas cosas. No sé si lo hice emitiendo palabras o no. Lo que sé es que le conté mis miedos, mis esperanzas, mis secretos. Mientras hablaba sentía que ese oyente pasivo ya sabía cada palabra mía, como si mutuamente fuésemos parte del otro, como si leyese en mí algo ya dictado por él alguna vez.
Cuando terminé todo lo que tenía por contar, algo había cambiado, y el ángel ya no estaba. Alegría y dolor, amor y desamor, risas y llantos, todo yendo hacia el silencio original.
Por fin, yo aceptaba que eso era todo.
